19 July 2009 @ 03:22 am
[relato] Marchitarse, desvanecerse
Título: Marchitarse, desvanecerse
Tipo: Relato o Texto Simple.
Notas: Metáfora cliché o eso creo. Referencias breves a El Principito de Antoine Saint Exupéry y a El Ruiseñor y la Rosa de Oscar Wilde.

Ella te hiere
como una rosa
y no, como cabría
esperar, con sus espinas,
una rosa te hiere
siempre, con su flor
- Luis Hernández


Porque ella era la flor más hermosa de su jardín, y no era un exceso de metáfora, una analogía empapada de su amor poco experimentado, aún cubierto de las mentiras de la infancia y los delirios de la juventud. No se podía llamar a sí mismo un hombre fiel: tenía un jardín lleno de flores de todos los colores, tamaños, formas y olores.

Las de tallo espinoso eran sus favoritas.

Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas… Y siempre le pareció errado ese pasaje del cuento, pues jamás había que subestimar las espinas de las flores. El daño no era visible, pues iba directo al corazón. O algo así creía, de todos modos.

Tenía los dedos llenos de cicatrices y el alma hecha un coladero. Sentimientos que no podría contener aunque quisiera se escapan y bañan sus flores en esa manera en la que el agua no puede refrescarlas.

Su amor es cálido, pero a ella le asfixia.

Ella era, de lejos, la flor más hermosa del jardín. Y la única forma que él tenía de saberlo es porque jamás había visto tanta belleza en tan corto instante de la mañana, en un crecimiento tan imperceptible a la vista y en gotas de rocío rodando por el terciopelo de su piel vegetal. Porque no había nada más bello que el ocaso en el breve instante que la bañaba, antes de ser cubierta por otros arbustos, o por la verja del jardín.

Colores extasiantes y aroma apenas detectable, suaves curvas y un tallo firme. Siete espinas de orgullo.

Y él no entiende, absolutamente no entiende tal hermosura. Envidia a la brisa que remece sus hojas y a la tierra que le da nurtura –tierra que con tanta dedicación él prepara, lo mejor para sus niñas, lo mejor- y lee sobre ruiseñores que le cantan a rosas y mundos en donde las flores cuentan sus secretos a aquel que quiera escuchar.

Flores, siempre tan orgullosas, pecando de vanidad en donde sea que crecen, sea en su jardín o en un pequeño planeta perdido en alguna parte del firmamento.

Y esta, esta especialmente. Ella, que no sería tan grande, tan hermosa si él no la hubiese mirado tanto, si no la hubiese deseado –oh, que pecado, que terrible herejía- en el marco de su ventana, sobre su mesa, entre sus dedos cubiertos de tierra y sangre y cicatrices de otras flores menos escrupulosas.

Él las ama a todas, pero sólo se dejaría envenenar por una. Por el orgullo de una, por la hermosura -que era tan flor y tan deseo- de aquella. Y muere por rozar sus labios contra las espinas, por marcarla suya con su sangre y su voz.

Por compartir con ella su infame humanidad, esa que las flores saben envidiar, también.

Y sin embargo, su amor la asfixia. Y muere cada día; sus pétalos pierden el color y sus espinas se vuelven negruzcas, pierden su filo y, ¿qué veneno la está matando? Las demás están bien, retozando en el cariño ofrecido, bien dosificado. Se pregunta entonces si hay algo como demasiado amor para una flor.

Nunca la toca, contrario a todo lo que quisiera y deseara. Tampoco la cubre con biombos, pues los cuentos se equivocan en eso también: las flores necesitan el viento para que les cante sobre esos lugares a los cuales no pueden ir. Qué triste destino, el estar atado al suelo…

Mas él no comprende estas cosas, arrodillado sobre la tierra cálida, rogándole a la flor, por favor quédate, te amaré aunque no seas hermosa, aunque me hagas daño y me llames estúpido por amar a una flor, aunque me odies por amarlas a todas pero te amo más a ti y es verdad y por favor no te vayas…

La flor soltará su último pétalo, sin siquiera darle un adiós.

Las lágrimas que salan el suelo no escapan de su corazón, más de sus ojos húmedos, y su voz llorosa obliga al resto de ellas a cerrarse antes del ocaso, a respetar su dolor brindándole una soledad verde y gris y veraniega.

Ni un verano duró este amor
, pensará amargamente, lamentando la pérdida de aquello creyó más bello que nada en este mundo.

Sollozando, agazapado como está, no notará el pétalo alejándose, cabalgando la brisa. Pues algunas flores son más orgullosas y ambiciosas que otras, y desean alcanzar lugares altos y frescos y perderse en el horizonte.

Y el espíritu de la flor mirará compasiva al humano, finalmente, deseando tener una voz para decirle que ella no era nada comparada con el cielo.
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the one counting cranes: → Books - Stock[personal profile] sembatsuru on July 19th, 2009 - 08:32 pm
La narración es preciosa, te juro que cada vez amo más este universo. Las metáforas son bellas ;;
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